Me he dejado llevar por el último atardecer que se pronuncio en el cielo, con un dictamen doloroso y eterno. Me ha condenado sin prejuicios ni azares a hacerle la cacería al viento que derrumba las barreras de mi infierno, y no pretendo que nadie me acompañe a buscar el paraíso perdido de mi centro, mi propio delirio. Solo espero levantar la cabeza y ver mas allá de las paredes que no existen, caminar sin rumbo, muda, por los pequeños trozos de alma que se me están desprendiendo de la piel y los pies.
Hoy camino con el rumbo que me dicta la canción que jamás he escuchado con la esperanza vanidosa, viendo en la ventana como el mundo que conozco se entrega al sin sentido de la ciudad y el caos, de la rutina y lo que está estipulado, las reglas eternas que no comprende ni quien las sigue en su cabalidad, en su sin sentido perfecto ajeno...
Trato de explicarme la formación rocosa de mi garganta para decir lo que quiero, para soltar las cadenas, para perderme un poco de mi misma y enamorarme de mi descuidadamente, mi aparente interés por lo delicado, mi sublime amor por la música, mi callada forma de mirar el mundo que no deja que cuadre mi pieza, mi alma en este mundo, comprendido y descifrado, pero tan incoherente que se me hace que lo he inventado yo...
bienvenidos a mi mundo, entonces, de avioncitos de papel, de desiertos que sobreviven por un bosque, de cafés enterrados en medio de la nada, de tangos melancólicos, de blues seductores, de papeles regados por todos lados, de miradas que se pierden en balcones... de amaneceres engañados por la ironía de la lluvia, de atardeceres camicaces...
Hoy he dejado a un lado las ganas de correr y me he quedado como siempre estática tratando de descifrar el mundo que no me da tregua para dejar una decisión en su lugar. Hoy he decidido, más que vivir el día como venia mi receta, es dejar que cada cosa cace sin remordimientos, sin conciencia para poder vivir sin sobrevivir en este mundo que parece inventado por mí.
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