domingo, 26 de agosto de 2012

Proyector de siluetas

Hoy fui camino entre sus pasos, fui cámara en su encuadre, fui la historia del ruido de fondo, mientras ella como gato, buscaba entre sus sutiles movimientos la oportunidad de una mirada cercana que le permitiera volver ese espacio plagado de respiraciones agitadas, gritos sordos de razón, volver el lugar un único espacio silencioso donde nadie interrumpiera, esa cotidianidad de pensarla y ver entre los hilos de sus dedos, la madeja de las palabras que le son tan esquivas, una musa utópica, un imposible tangente.
Entonces como era prudente, a pesar de ver las historias hiladas, maltrechas, decidí ver sin intervenir, aun con la certeza de no encontrar en ese lugar algún traductor para mi realidad de astronauta, camine despacio por la habitación tratando de retratar y grabar con recelo la noche que me cubría. Encontré una ventana tranquila, una ciudad pintada a brochazos, unos faroles que aullaban, un amanecer perfectamente coloreado, nuevas calles, como hacía días que no las descubría.
La ventana dio las opciones de ser el mejor proyector de siluetas, monstruos delineados, que al mismo tiempo se convertían en personajes de fabulas sin enseñanza, y luego eran el encuadre de la Eureka, el descubrimiento y evidencia de la iluminación de tu película, tus ojos.
Y entonces amarre las coincidencias de mis pasos a mis zapatos, agarre mochila de viaje y a pesar de ver en la ventana, los diosas utópicas, las letras volando, la palabra sin mascaras, me fui al encuentro del amanecer con las formas, para ver si así lograba que algo amaneciera en mi.
Me percate entonces, que en mi hombro derecho se había posado una luciérnaga, de alas grandes, de luz en sepia, que dejaba pequeñas huellas en el vidrio de la noche, como bailando al son de mis silencios, esa complicidad que solo producen ellos. La agarre con mis manos y le acaricie las alas, jugué a las sombras con su luz, baile con silencio, la mire de frente sin temor a que me viera, le fabrique un casco espacial para mis noches de burbujas, la invite a volar conmigo.

jueves, 9 de agosto de 2012

La sonrisa de Frida también estaba rota.


La sonrisa de Frida también estaba rota.

Ese día era Su chávela solo el objeto de sus risas tantas veces esquivas y distantes, ella era la sorpresa de la tarde con vino y aire perfumado de tabaco, eran solo ellas dos, como tantas de las tardes que se pudiera uno imaginar.

Después de una elaborada serenara, su Chavelita, le propuso, ya que no había nada mas riguroso de hacer ese día, buscarle formas a las nubes, y encontrar alguna que otra casualidad en las palabras de revolución, que se les salían a borbotones. El instante que eterniza una foto, puede darnos tanto de un segundo, como un secreto, una vida y ese día, como salido de la magia del destino, el obturador, pudo acariciar el secreto a voces que narraban sus ojos.

Las risas que acompañaron el segundo cuando ella, su chávela, sintió que su pecho de paloma, se agitaba tan fuerte como el canto primerizo de cualquier pájaro al ver los primeros rayos. Era su Frida quien se apoderaba del cielo que las cubría y arrullaba y además le brindaba la caricia clandestina del amante furtivo, ese escape de la realidad que solo te da lo prohibido.

Esa tarde el cielo fue testigo de los besos apasionados, de sus primeras caricias al caer la tarde, de los cigarros encendidos en las palabras y los libros, entre el tequila y las canciones de amor, y sobretodo las de desamor.

Ese día Frida sonrió tanto por la complicidad de las caricias de su compañera, de su cómplice de la revolución del día, sabiendo que la batalla perdida en el amor de un elefante le hacia arder las entrañas, ella, su chávela, le revivía el calor de la piel que viaja con el viento y el humo. La amo en el silencio de las notas que se escapan afanosas de la guitarra de chávela, jamás se lo dijo, las dos con el presentimiento de la sonrisa de frida, ese día que la había utilizado tanto, se había roto, a razón de su secreto, en honor a su chávela.