Hoy fui camino entre sus pasos, fui cámara en su encuadre, fui la historia del ruido de fondo, mientras ella como gato, buscaba entre sus sutiles movimientos la oportunidad de una mirada cercana que le permitiera volver ese espacio plagado de respiraciones agitadas, gritos sordos de razón, volver el lugar un único espacio silencioso donde nadie interrumpiera, esa cotidianidad de pensarla y ver entre los hilos de sus dedos, la madeja de las palabras que le son tan esquivas, una musa utópica, un imposible tangente.
Entonces como era prudente, a pesar de ver las historias hiladas, maltrechas, decidí ver sin intervenir, aun con la certeza de no encontrar en ese lugar algún traductor para mi realidad de astronauta, camine despacio por la habitación tratando de retratar y grabar con recelo la noche que me cubría. Encontré una ventana tranquila, una ciudad pintada a brochazos, unos faroles que aullaban, un amanecer perfectamente coloreado, nuevas calles, como hacía días que no las descubría.
La ventana dio las opciones de ser el mejor proyector de siluetas, monstruos delineados, que al mismo tiempo se convertían en personajes de fabulas sin enseñanza, y luego eran el encuadre de la Eureka, el descubrimiento y evidencia de la iluminación de tu película, tus ojos.
Y entonces amarre las coincidencias de mis pasos a mis zapatos, agarre mochila de viaje y a pesar de ver en la ventana, los diosas utópicas, las letras volando, la palabra sin mascaras, me fui al encuentro del amanecer con las formas, para ver si así lograba que algo amaneciera en mi.
Me percate entonces, que en mi hombro derecho se había posado una luciérnaga, de alas grandes, de luz en sepia, que dejaba pequeñas huellas en el vidrio de la noche, como bailando al son de mis silencios, esa complicidad que solo producen ellos. La agarre con mis manos y le acaricie las alas, jugué a las sombras con su luz, baile con silencio, la mire de frente sin temor a que me viera, le fabrique un casco espacial para mis noches de burbujas, la invite a volar conmigo.
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