jueves, 9 de agosto de 2012

La sonrisa de Frida también estaba rota.


La sonrisa de Frida también estaba rota.

Ese día era Su chávela solo el objeto de sus risas tantas veces esquivas y distantes, ella era la sorpresa de la tarde con vino y aire perfumado de tabaco, eran solo ellas dos, como tantas de las tardes que se pudiera uno imaginar.

Después de una elaborada serenara, su Chavelita, le propuso, ya que no había nada mas riguroso de hacer ese día, buscarle formas a las nubes, y encontrar alguna que otra casualidad en las palabras de revolución, que se les salían a borbotones. El instante que eterniza una foto, puede darnos tanto de un segundo, como un secreto, una vida y ese día, como salido de la magia del destino, el obturador, pudo acariciar el secreto a voces que narraban sus ojos.

Las risas que acompañaron el segundo cuando ella, su chávela, sintió que su pecho de paloma, se agitaba tan fuerte como el canto primerizo de cualquier pájaro al ver los primeros rayos. Era su Frida quien se apoderaba del cielo que las cubría y arrullaba y además le brindaba la caricia clandestina del amante furtivo, ese escape de la realidad que solo te da lo prohibido.

Esa tarde el cielo fue testigo de los besos apasionados, de sus primeras caricias al caer la tarde, de los cigarros encendidos en las palabras y los libros, entre el tequila y las canciones de amor, y sobretodo las de desamor.

Ese día Frida sonrió tanto por la complicidad de las caricias de su compañera, de su cómplice de la revolución del día, sabiendo que la batalla perdida en el amor de un elefante le hacia arder las entrañas, ella, su chávela, le revivía el calor de la piel que viaja con el viento y el humo. La amo en el silencio de las notas que se escapan afanosas de la guitarra de chávela, jamás se lo dijo, las dos con el presentimiento de la sonrisa de frida, ese día que la había utilizado tanto, se había roto, a razón de su secreto, en honor a su chávela.

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