
El peor error que pude haber cometido, fue sin lugar a dudas dejar enamorar mi soledad. Con tanta experiencia de devenires constantes… los deslices del tiempo han logrado colocarme nostálgica, pensativa… silenciosa. Por ello he llegado a la conclusión que mi soledad añora, se entristece, se alegra, se deprime, se ilusiona, en definitiva está enamorada.
Me asomo a la ventana como todos los días de un cotidiano que hastía, como aquel plato que tomas con desdén, con nostalgia para sobrevivir a un nuevo día sin sol, tan ausente de colores que es más entretenido mirar al suelo del ensueño y dejarse perder en los caminos de la melancolía ,dejar sin lugar a dudas a mi soledad a solas en un rincón compartiendo los recuerdos en lo oscuro con su melancolía, y no me preocupo , se que lleva con honor su tristeza y duelo, aunque no lo entiende, aunque simplemente se deja sentir con la punzada en el pecho hiriéndole más hondo el corazón virgen de sensaciones, de deseos, de apasionamientos por las notas en los tejados que ya no vienen, y dejan sin rastro las palabras que vuelven temerosas de muerte y de abandono.
Yo dejo que ella se desahogue y se sumerja en el mar de los dolores pasajeros, dejo que poco a poco se colme de paciencia para reponerse de lo que no entiende, de lo que poco a poco le desprende los vestigios de su alama no tanto abandonada, si no rota, por llegar a sentir tanto en tan poco tiempo y perderlo, no por su voluntad, si no por mi manía de dejar los tejados y fijarme al asfalto de una realidad que no entiendo y condeno todos los días al pararme en la ventana, y ver que lo poco que me alimenta es la imagen desdibujada de un sueño que tiene más de real que de ensueño, condeno firmemente mi realidad y la dejo fluir en las instancias cuando no quiero pelear con ella cuando poco a poco aprendo a aceptarla.
Si todo hubiese sido distinto, quizás tendría otra mirada en la ventana, o simplemente hubiese caído en el silencio y la condena de nunca tener el valor suficiente para volar, o simplemente planear no tenerle miedo a las alturas si no a los tejados vecinos por la confianza de los pasos, definitivamente aunque tengamos algo de divino estaremos condenados a la marcha de los pasos.
La invito a mi lado para que al abrazarme, pueda sentir sus lagrimas fluir de impotencia, su daga perforándole el alma que me comparte, ella se inclina y se toca el pecho, y me acerca la cabeza y te veo, te recorro en sonidos cotidianos, pensando que en cada esquina estarás tu, silenciosa y sonriente, y ver como salen a borbotones las palabras jamás pronunciadas esas que no atinan a salir de mi pecho y mi garganta. Y dejo que me hable de ti en todos los lados donde te ve, y dejo que se quede en las cuadras donde alguna vez habitaron tus pasos, donde el recuerdo de tu olor me hace parar el giro del mundo y quedarme los minutos que requiera la condena de olvidarte, aunque te sienta en la mayoría de segundos que se incorporan para dejarme seguir. Tu ausencia y silencios me ha condenado a vivir en una eterna espera para despedirme, y ese es el problema, que por mas intentos que he tenido para dejar a un lado tu recuerdo, sacudir mi soledad y dejar que vague sin restricciones por las calles que tengan el olor de la condena de todos los pasos que no existen, pero ella, enojada se resiste y me invita a sentarme y olerte de lejos, a añorarte sin demoras, a seguir queriéndote sin reparos, sin silencios o pausas, aunque mi voz es muda al salir, aunque mi sentimiento me condene por quererte todos los días, aunque no lo sepas, aunque ni siquiera lo creas o te lo imagines.
Así que me quedo con ella sentada en silencio, veo como derrama versos por el amor que la condena, ese amor que no entiende, y yo recurro a los sueños para verte intacta y compartir contigo los bosques de mis secretos enterrados, pare verte cercana a mi recuerdo y siempre suplico que nada interrumpa tu imagen, o me deje a un lado sin poder decirte, nombrarte, llena de notas, de arpegios seductores, de silencios tan necesarios que lastiman…
Te dejo por ahora, en ese ahora que se sumerge en tanta inconsistencia que no deja de asombrarme la imagen de mi soledad acurrucada en el rincón, llorando silenciosamente, sosteniendo las notas que compuso para ti, que despega sagradamente todas las noches antes de mi insomnio, ese que me deja verte y casi tocarte…
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