jueves, 2 de febrero de 2012

Inventario I

Y es que necesito el aliento para seguir sobreviviendo a la noche, a las alternativas de tiempo que me estoy brindando, a la prisa de los días y la ceguera recurrente de los recuerdos; y eso de que vale si al momento de mirar atrás solo quedan retazos de tu pobre y mustio caparazón, roto y destruido para encontrarte de frente y desnuda, indefensa.

Y comienzas a repasar tu desnudes con una capacidad casi sorpresiva, encontrando en tus cicatrices los rastros de tu historia, maltrecha, mal contada.

Te das cuenta de los retazos que conforman tu piel, la complejidad de los entretejidos, lo entretenido de las conexiones de tus huesos, tu carne, lastimada, flagelada, reventada por los latigazos mal aplicados sobre tu espalda, sobre las vertientes de tus caderas y te notas vieja, poco sublime, abstracta he incomprensible.

Y comienzas poco a poco quitarte las vendas de las viejas heridas, estas rota y remendada, así es como te siente el viento cuando pasas y traspasas tu poca cadencia al caminar, y te reflejas entre tus cocidas partes, algunos aires por donde las palabras te atraviesan, pero no se quedan ni para rellenarte, sigues viéndote analizando tu heridas de guerra y contabilizando poco a poco las operaciones de urgencia que haz hecho para remendarte y seguir, eres como un viejo juguete que se resisten a botar, que pasa de generación en generación, que han pintado de todos los colores, que ya no define su forma, pero se sabe por presentimiento su utilidad y ahora después de tantos años sin a quien regalárselo, se olvida viejo roto y pintado en algún rincón de la casa.

Comienzo por mi cabeza, llena de huecos por donde introduzco las frases conmemorativas de mi vida, y salen como en una fuente, millones de palabras, que esperan tener alguna coherencia en mi boca, en mis manos; muchas caen al suelo y las piso sin cuidado, he olvidado caminar de puntillas para que nadie note mi presencia, así que mis pasos suenan como hojas quebrándose en otoño y aun así con tanto ruido, mi paso, solo se siente como un susurro, como el murmullo de las palabras perdidas, abandonadas en la nada de la selva de cemento, por eso, siempre llevo una mochila grande para acoger con amor, algunas veces con lastima aquellas palabras abandonadas pidiendo limosna de atención en cualquier esquina.

Bajo a mi rostro, mis ojos, transparentes, desiertos de cualquier reacción, como el gran lente de una película que observa todo y lo proyecta a mi corazón y mi mente, enfocan y desenfocan a su antojo, casi caprichosos de la realidad que quieren ver. Mi nariz es el recolector de recuerdos y antojos, todo entra por ella y se graba en mi memoria, otras tantas veces me recuerda, lo pequeño de los días, otros tantos me molesta el olor a soledad así que abro la ventana y respiro del bosque cercano, que aunque me trae también soledad, me da mas un instante de tranquilidad solitaria, llena de pensamientos y futuros enredados entre las ramas.

Mi boca esta cocida con hilos invisibles, que me permiten hablar lo suficiente, así como también retener las palabras que no son adecuadas, en los hilos se quedan como presos esperando libertad, las palabras que ya no tiene sentido decir, o que no tienen oídos a donde trepar, siguen siendo presas; ellas, sobreviven con la esperanza de salir, de vez en cuando miran por entre sus barrotes invisibles y tratan de hacer un plan de escape, pero siempre tienen la mala suerte de escapar cuando me encuentro a solas y solo mi soledad concurrida, cansada casi dormida las escucha y se sonríe, se ríe de mi baja seguridad en la prisión, sabe que es cuestión de tiempo el escape total, y yo solo espero que cuando eso suceda, sea en la soledad de mi cuarto con la ventana cerrada, para volverlas a capturar.



continuara...

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